fieles. Las puertas del cancel del santuario estaban cerradas, el velo se corrió lentamente y, desde detrás de él, una voz suave y misteriosa pronunció unas palabras. Unas lágrimas, cuya causa ella misma no comprendía, hicieron que el pecho de Natasha se agitara, y un sentimiento alegre pero opresivo la conmovió.
«Enséñame qué debo hacer, cómo vivir mi vida, cómo puedo volverme buena para siempre, ¡para siempre!», suplicó.
El diácono salió a la plataforma elevada ante el iconostasio y, con el pulgar extendido, se sacó los largos cabellos de debajo de la dalmática y, persignándose el pecho, comenzó con voz fuerte y solemne a recitar las palabras de la oración. …
“En paz roguemos al Señor.”
“Como una sola comunidad, sin distinción de clases, sin enemistad, unidos por el amor fraterno, ¡roguemos!”, pensó Natasha.
“Por la paz que viene de lo alto, y por la salvación