culpable.
—No te he dicho nada, pero ya te han hablado. Y lo siento por eso —continuó.
Las manchas se hicieron más profundas en su frente, cuello y mejillas. Intentó decir algo, pero no pudo.
Su hermano lo había adivinado: la pequeña princesa había estado llorando después de cenar y había hablado de sus presentimientos sobre su parto, de cuánto lo temía, y se había quejado de su destino, de su suegro y de su esposo.
Después de llorar, se había quedado dormida. El príncipe Andréi sintió lástima por su hermana.
—Sabe esto, Másha: no puedo reprocharle nada, no le he reprochado nada y jamás le reprocharé nada a mi mujer, y yo no puedo reprocharme nada respecto a ella; y eso siempre será así en cualesquiera circunstancias en las que me encuentre. Pero si quieres