un sentimiento de alegría, libertad y vida; pero cuando, durante su viaje, se vio en el mundo exterior y contempló cientos de rostros nuevos, ese sentimiento se intensificó. A lo largo del trayecto se sentía como un colegial de vacaciones. Todos —el cochero de la diligencia, los jefes de las postas, los campesinos en los caminos y en las aldeas— adquirieron un nuevo significado para él. La presencia y los comentarios de Willarski, quien deploraba continuamente la ignorancia y la pobreza de Rusia y su atraso en comparación con Europa, no hacían más que acrecentar el placer de Pierre. Donde Willarski veía atonía, Pierre advertía una fuerza y una vitalidad extraordinarias: la fuerza que, en aquel vasto espacio en medio de las nieves, sostenía la vida de este pueblo original, singular y único. No contradecía a Willarski e incluso parecía estar de acuerdo con él —siendo un aparente acuerdo la forma más sencilla de evitar discusiones que a nada podían conducir— y sonreía alegremente mientras lo escuchaba.
XIV
Sería difícil explicar por qué y a dónde se apresuran las hormigas cuyo hormiguero ha sido destruido: unas alejándose del hormiguero y arrastrando trozos de basura, larvas y cadáveres, otras volviendo al hormiguero, o por qué se empujan, se adelantan unas a otras y luchan; y sería igualmente difícil explicar qué hizo que los rusos, tras la marcha de los franceses, acudieran en masa al lugar que antes fuera Moscú. Pero cuando observamos a las hormigas alrededor de su hormiguero arruinado, la tenacidad, la energía y el inmenso número de los insectos cavadores demuestran que, a pesar de la destrucción del hormiguero, aún existe algo indestructible que, aunque intangible, es la verdadera fuerza de la colonia; y de