trillados y el deseo de expresarse de un modo diferente al de sus mayores, lo cual a menudo resulta insincero, Nikolái quería hacer algo especial al encontrarse con su amigo. Quería pellizcarlo, empujarlo, cualquier cosa menos besarlo —algo que todo el mundo hacía—. Pero, a pesar de ello, Borís lo abrazó de una manera tranquila y amistosa, y lo besó tres veces.
No se habían visto en casi medio año y, al hallarse en la edad en que los jóvenes dan sus primeros pasos en el camino de la vida, cada uno vio en el otro cambios immensos, un reflejo totalmente nuevo de la sociedad en la que habían dado esos primeros pasos. Ambos habían cambiado mucho desde la última vez que se vieron y ambos tenían prisa por mostrar los cambios que se habían operado en ellos.
—¡Oh, malditos petimetres! Limpios y frescos como si hubierais estado en una fiesta, no como nosotros, los pecadores de la línea —gritó Rostóv con bravata marcial y con notas de barítono en la voz, nuevas para Borís, mientras señalaba sus propios pantalones salpicados de barro.
La dueña alemana, al oír la fuerte voz de Rostóv, asomó la cabeza por la puerta.
—Eh, ¿es bonita? —preguntó con un guiño.
—¿Por qué gritas tanto? ¡Los vas a asustar! —dijo Borís—. No te esperaba hoy —añadió—. Apenas ayer te mandé la esquela con Bolkónski, un ayudante de Kutúzov que es amigo mío. No creí que te la fuera a entregar tan pronto… Bueno, ¿cómo estás? ¿Ya has estado bajo el fuego? —preguntó Borís.
Sin contestar, Rostóv tocó la cruz de San Jorge del soldado sujeta al cordón del uniforme y, señalando un brazo vendado, miró a Berg