Pero Mortier no ha sido capturado”. De nuevo se quedó pensando. “Me alegra mucho que haya traído buenas noticias, aunque la muerte de Schmidt es un precio alto que pagar por la victoria. Su Majestad querrá sin duda verle, pero hoy no. ¡Se lo agradezco! Debe descansar. Esté en la audiencia de mañana después del desfile. Sin embargo, ya le avisaré”.
La estúpida sonrisa, que había desaparecido de su rostro mientras hablaba, reapareció.
“¡Au revoir! Muchísimas gracias. Probablemente Su Majestad querrá verle”, añadió, inclinando la cabeza.
Cuando el príncipe Andréi salió del palacio, sintió que todo el interés y la felicidad que la victoria le había proporcionado quedaban ahora en las manos indiferentes del ministro de Guerra y del educado ayudante. El curso entero de sus pensamientos cambió instantáneamente; la batalla parecía el recuerdo