el general sacó pecho y cabalgó, frunciendo el ceño, a su lado hasta la primera línea, como si sus diferencias fuesen a resolverse allí entre las balas. Llegaron al frente, varias balas silbaron sobre sus cabezas y se detuvieron en silencio. No había nada nuevo que ver desde la línea, pues desde donde habían estado antes ya era evidente que era imposible que la caballería actuara entre los arbustos y el terreno accidentado, así como que los franceses estaban desbordando nuestra izquierda. El general y el coronel se miraron con severidad y significado, como dos gallos de pelea preparándose para la batalla, tratando cada uno en vano de detectar signos de cobardía en el otro. Ambos superaron la prueba con éxito. Como no había nada que decir, y ninguno quería dar pie a que se alegara que había sido el primero en abandonar el alcance del fuego, se habrían quedado allí mucho tiempo poniendo a prueba el valor del otro de no ser porque en ese preciso instante escucharon el tableteo de la fusilería y un grito ahogado casi a sus espaldas en el bosque. Los franceses habían atacado a los hombres que recogían leña en el soto. Ya no era posible que los húsares seretirasen con la infantería. Estaban cortados de la línea de retirada por la izquierda por los franceses. Por muy inconveniente que fuera la posición, ahora era necesario atacar para abrirse paso.
El escuadrón en el que servía Rostóv apenas tuvo tiempo de montar a caballo antes de recibir la orden de detenerse frente al enemigo. De nuevo, como en el puente de Enns,