tono habitual de indiferencia.
—Espero órdenes para incorporarme a mi nuevo regimiento, su excelencia —respondió Borís, sin mostrar molestia por los modales bruscos del príncipe ni deseo de entablar conversación, sino hablando con tanta calma y respeto que el príncipe le dirigió una mirada escrutadora.
—¿Vives con tu madre?
—Vivo en casa de la condesa Rostóva —respondió Borís, añadiendo de nuevo—: Su excelencia.
—Es decir, con Iliá Rostóv, que se casó con Nathalie Shinshina —dijo Anna Mijáilovna.
—Ya sé, ya sé —respondió el príncipe Vasíli con su voz monótona—. ¡Nunca pude entender cómo se atrevió Nathalie a casarse con ese oso mal encachado! Un tipo completamente absurdo y estúpido, y jugador además, según tengo entendido.
—Pero es un hombre muy bondadoso, príncipe —dijo Anna Mijáilovna con una sonrisa lastimera, como si ella también supiera que el conde