en lo que el príncipe Andréy había oído.
Como todos los hombres que han crecido en sociedad, al príncipe Andréy le gustaba conocer allí a alguien que no tuviera el sello de la sociedad convencional. Y tal era Natásha, con su sorpresa, su deleite, su timidez y hasta sus errores al hablar francés.
Con ella se comportaba con especial cuidado y ternura, sentándose a su lado y hablándole de los asuntos más simples e intrascendentes; admiraba su tímida gracia.
A mitad del cotillón, tras haber completado una de las figuras, Natásha, aún sin aliento, volvía a su asiento cuando otro bailarín la eligió. Estaba cansada y jadeante y, por lo que se veía, pensaba rechazarlo, pero de inmediato puso alegremente su mano sobre el hombro del hombre, sonriéndole al príncipe Andréy.
—Estaría encantada de sentarme a tu lado a descansar: estoy cansada; pero ya ves cómo no paran de pedirme bailar, y me alegra, soy feliz y amo a todo el mundo, y tú y yo lo comprendemos todo —y mucho, muchísimo más dijo con su sonrisa.
Cuando su pareja la dejó, Natasha atravesó corriendo la sala para elegir a dos señoras para la figura.
“Si va primero a su prima y luego a otra dama, será mi mujer”, se dijo el príncipe Andréi para sus adentros, con gran sorpresa propia, mientras la observaba.
Y fue primero a su prima.
—¡Qué tonterías se le pasan a uno a veces por la cabeza! —pensó el príncipe Andréi—, pero lo que es seguro es que esa muchacha es tan encantadora, tan original, que no llevará bailando aquí un mes antes de haberse casado... Las de su clase son raras por aquí —pensó, mientras Natasha, recolocándose una