- Un italiano está seguro de sí mismo porque es excitable y se olvida fácilmente de sí mismo y de los demás. * Un ruso está seguro de sí mismo precisamente porque no sabe nada y no quiere saber nada, ya que no cree que se pueda saber nada. La seguridad en sí mismo del alemán es la peor de todas, más fuerte y más repulsiva que cualquier otra, porque se imagina que conoce la verdad —la ciencia—, que él mismo ha inventado pero que para él
Pfuel era evidentemente de esa clase. Poseía una ciencia —la teoría de los movimientos oblicuos deducida por él de la historia de las guerras de Federico el Grande— y todo lo que encontraba en la historia de las guerras más recientes le parecía absurdo y bárbaro: colisiones monstruosas en las que ambos bandos cometían tantos errores que esas guerras no podían llamarse guerras, no se ajustaban a la teoría y, por consiguiente, no podían servir de material para la ciencia.
En 1806, Pfuel había sido uno de los responsables del plan de campaña que terminó en Jena y Auerstädt, pero no vio la menor prueba de la falibilidad de su teoría en los desastres de aquella guerra. Por el contrario, las desviaciones de su teoría fueron, en su opinión, la única causa de todo el desastre y, con un sarcasmo característicamente jovial, solía comentar: «¡Ahí está, ya decía yo que todo se iba a ir al diablo!». Pfuel era uno de esos teóricos que aman tanto su teoría que pierden de vista el objeto de la misma: su aplicación práctica. Su amor por la teoría le hacía aborrecer todo lo práctico, y no quería saber nada al respecto. Incluso se alegraba de los fracasos,