el curso general de los acontecimientos en el ejército ruso, pero nadie preveía ningún peligro de invasión de las provincias rusas, y nadie pensaba que la guerra se extendería más allá de las provincias occidentales, las polacas.
El príncipe Andréy encontró a Barclay de Tolli, a quien había sido asignado, a orillas del Drissa. Como no había ninguna ciudad ni pueblo grande en las inmediaciones del campamento, la inmensa cantidad de generales y cortesanos que acompañaban al ejército se alojaba en las mejores casas de las aldeas a ambos lados del río, en un radio de seis millas. Barclay de Tolli se había instalado a casi tres millas del Emperador. Recibió a Bolkónski de manera seca y fría, y le dijo con su acento extranjero que hablaría de él al Emperador para decidir sobre su destino, pero le pidió entretanto que permaneciera en su Estado Mayor. Anatoli Kuraguin, a quien el príncipe Andréy esperaba encontrar en el ejército, no estaba allí. Se había marchado a Petersburgo, pero el príncipe Andréy se alegró al saberlo. Su mente estaba ocupada por los intereses del centro que dirigía una guerra gigantesca, y se alegraba de verse libre por un tiempo de la distracción que le causaba el pensamiento de Kuraguin. Durante los primeros cuatro días, mientras no se le exigía ninguna obligación, el príncipe Andréy recorrió todo el campamento fortificado y, con la ayuda de sus propios conocimientos y de charlas con expertos, intentó formarse una opinión definitiva sobre él. Pero la cuestión de si el campamento era ventajoso o desventajoso seguía sin resolverse para él. Ya por su experiencia militar y por lo que había visto en la campaña austríaca, había llegado a la conclusión de que en la guerra los planes más meditados