sobra, excelencia —murmuró Kutúzov en medio de un bostezo—. Hay tiempo de sobra —repitió.
En ese mismo instante, a cierta distancia a espaldas de Kutúzov, se oyó el sonido de los regimientos saludando, y este ruido se acercó con rapidez a lo largo de toda la extensa línea de las columnas rusas que avanzaban. Evidentemente, la persona a la que vitoreaban iba a caballo muy deprisa.
Cuando los soldados del regimiento ante el que estaba Kutúzov empezaron a gritar, este se hizo un poco a un lado y miró alrededor con el entrecejo fruncido. Por el camino que venía de Pratzen galopaba lo que parecía ser un escuadrón de jinetes con diversos uniformes. Dos de ellos marchaban al galope tendido, uno al lado del otro, en la vanguardia. Uno, con uniforme negro y plumas blancas en el sombrero, montaba un caballo castaño de cola mocha; el otro, con uniforme blanco, iba sobre uno negro. Eran los dos Emperadores seguidos de sus séquitos.
Kutúzov, afectando los modales de un viejo soldado de campaña, dio la voz de «¡Atención!» y se acercó a los Emperadores saludando marcialmente. Toda su apariencia y su actitud se transformaron de golpe. Adoptó el aire de un subordinado que obedece sin razonar. Con una afectación de respeto que evidentemente disgustó a Alejandro, se adelantó e hizo el saludo militar.
Esta desagradable impresión apenas cruzó por el joven y feliz rostro del Emperador como una ligera nube por un cielo despejado y se desvaneció. Después de su enfermedad, aquel día se le veía un poco más delgado que en el campo de Olmütz, donde Bolkónski lo había visto por primera vez en el extranjero, pero seguía conservando la misma cautivadora