pie al frente, agitando el brazo y diciendo algo con expresión severa. El herrero ensangrentado se hallaba a su lado con rostro sombrío. A través de la ventana cerrada se oía el zumbido de las voces.
—¿Está listo mi carruaje? —preguntó Rostopchín, alejándose de la ventana.
—Así es, su excelencia —respondió el ayudante.
Rostopchín volvió a la puerta del balcón.
—Pero ¿qué es lo que quieren? —le preguntó al jefe de policía.
—Excelencia, dicen que se han preparado, según sus órdenes, para ir contra los franceses, y han gritado algo sobre traición. Pero es una muchedumbre turbulenta, excelencia; apenas logré escapar de ella. Excelencia, me atrevo a sugerir...
—Puede retirarse. ¡No necesito que me diga lo que tengo que hacer! —exclamó Rostopchín con enojo.
Se quedó junto a la puerta del balcón mirando a la multitud.
“¡Esto es lo que