y en las filas de los soldados, que se movieron para poder oír mejor lo que iba a decir.
—Verán, hermanos, sé que se les hace duro, ¡pero no hay más remedio! ¡Resistan; ya falta poco! Despediremos a nuestros visitantes y luego descansaremos. El zar no olvidará su servicio. Es duro para ustedes, pero aún así están en su casa mientras que ellos —ya ven a lo que han venido—, dijo, señalando a los prisioneros. Peor que nuestros mendigos más pobres. Mientras eran fuertes no nos ahorramos a nosotros mismos, pero ahora hasta podemos compadecerlos. También son seres humanos. ¿No es así, muchachos?
Miró a su alrededor, y en la mirada directa, respetuosa y absorta que se clavaba en él leyó simpatía hacia lo que había dicho.
Su rostro se fue iluminando cada vez más con la apacible sonrisa de un anciano, que estiraba las comisuras de sus labios y de sus ojos en un racimo de arrugas.
Dejó de hablar e inclinó la cabeza como si estuviera perplejo.
—Pero, a fin de cuentas, ¿quién los ha invitado? ¡Bien empleado les está, los muy malnacidos! —exclamó, levantando de repente la cabeza.
Y agitando el látigo, salió galopando por primera vez en toda la campaña, y dejó a las filas rotas de los soldados riendo jubilosamente y gritando «¡Hurra!».
Las palabras de Kutúzov apenas fueron comprendidas por las tropas. Nadie habría podido repetir la alocución del mariscal de campo, que comenzó solemnemente y luego se transformó en la charla bonachona de un anciano; pero la sincera cordialidad de aquel discurso, el sentimiento de triunfo majestuoso combinado con la compasión hacia el enemigo y la conciencia de la justicia de nuestra causa, expresados con exactitud por los tacos