reloj, en el de la máquina militar un impulso dado conduce al resultado final; y con la misma indiferencia reposada permanecen, hasta el momento en que el movimiento se les transmite, las partes del mecanismo a las que el impulso aún no ha llegado. Las ruedas crujen en sus ejes al engranar unas con otras y las poleas giratorias zumban con la rapidez de su movimiento, pero una rueda vecina permanece tan silenciosa e inmóvil como si estuviera dispuesta a seguir así durante cien años; mas llega el momento en que la palanca la atrapa y, obedeciendo al impulso, esa rueda empieza a crujir y se une al movimiento común, cuyo resultado y fin escapan a su comprensión.
Así como en un reloj el resultado del movimiento complicado de innumerables ruedas y poleas es únicamente el movimiento lento y regular de las manecillas que señalan la hora, del mismo modo el resultado de todas las complicadas actividades humanas de ciento sesenta mil rusos y franceses —todas sus pasiones, deseos, remordimientos, humillaciones, sufrimientos, arrebatos de orgullo, miedo y entusiasmo— fue tan solo la pérdida de la batalla de Austerlitz, la llamada batalla de los tres Emperadores; es decir, un movimiento lento de la manecilla en la esfera de la historia humana.
El príncipe Andréi estaba de guardia ese día y al servicio constante del comandante en jefe.
A las seis de la tarde, Kutúzov fue al cuartel general del Emperador y, tras permanecer poco tiempo con el zar, se dirigió a ver al gran mariscal de la corte, el conde Tolstói.
Bolkónski aprovechó la oportunidad para entrar a enterarse de algunos detalles de la próxima acción por medio de Dolgorúkov. Sentía que