sobre la marcha. El emperador lo seguía, y Bennigsen se había apresurado a hacer algunos preparativos y estar listo para recibir al soberano. Chernýshev y el príncipe Andréi salieron al porche, donde el emperador, que parecía fatigado, estaba desmontando. El marqués Paulucci le hablaba con especial fervor y el emperador, con la cabeza inclinada hacia la izquierda, escuchaba con aire de insatisfacción. El emperador avanzó, deseando evidentemente poner fin a la conversación, pero el italiano, ruborizado y excitado, sin importarle el decoro, lo siguió y continuó hablando.
—Y en cuanto al hombre que aconsejó formar este campamento —el campamento de Drissa— —dijo Paulucci mientras el Emperador subía los escalones y, al reparar en el príncipe Andréi, escrutaba su rostro desconocido—, en cuanto a esa persona, majestad... —continuó Paulucci con desesperación, al parecer incapaz de contenerse—, ¡el hombre que aconsejó el campamento de Drissa... no le veo