vez de parecer un gobernante y una fuente de poder, se convierte en un hombre insignificante, inútil y endeble.
Rostopchín lo sentía, y fue esto lo que lo exasperó.
El comisario de policía, a quien la multitud había detenido, entró a verlo al mismo tiempo que un ayudante que le comunicaba al conde que los caballos estaban listos. Ambos estaban pálidos y el comisario, tras informar que había cumplido las instrucciones recibidas, le comunicó al conde que una muchedumbre inmensa se había aglomerado en el patio y deseaba verlo.
Sin decir una palabra, Rostopchín se levantó y se dirigió apresuradamente a su salón, claro y lujoso, fue hasta la puerta del balcón, asió el pomo, lo soltó de nuevo y se acercó a la ventana desde la cual tenía una mejor vista de toda la multitud. El muchacho alto estaba de