sirviente de Bilíbin, sacaba con cierta dificultad una maleta por la puerta principal.
Antes de volver con Bilíbin, el príncipe Andrés había entrado en una librería para proveerse de algunos libros para la campaña, y había pasado un rato en la tienda.
—¿Qué es? —preguntó él.
—¡Oh, su excelencia! —dijo Franz, empujando con dificultad el baúl hacia el interior del carruaje—, tenemos que seguir avanzando todavía más lejos. ¡El bribón nos vuelve a pisar los talones!
—¿Eh? ¿Qué? —preguntó el príncipe Andréi.
Bilíbin salió a su encuentro. Su rostro, habitualmente tranquilo, mostraba excitación.
—¡Vamos! Confiesa que esto es delicioso —dijoÉl—. Este asunto del puente del Tabor, en Viena... ¡Lo han cruzado sin dar un solo golpe!
El príncipe Andréy no podía comprender.
“Pero ¿de dónde sale usted para no saber lo que sabe cualquier