olvidado— contemplaba a Pierre con una alegría aún mayor y más devota. Cada palabra de Pierre se grababa ardientemente en su corazón, y con un movimiento nervioso de los dedos rompía inconscientemente el lacre y las plumas de ganso que hallaba a su alcance sobre la mesa de su tío.
“No es en absoluto lo que usted supone; pero eso es lo que fue el Tugendbund alemán, y lo que yo estoy proponiendo”.
—¡No, mi amikito! El Tugendbund está muy bien para los com salchichas, pero yo no lo entiendo y ni siquiera puedo pronunsiarlo —terció Denísov con voz alta y resuelta—. Estoy de acuerdo en que todo esto es podrido y horrible, pero el Tugendbund no lo entiendo. Si no estamos satisfechos, organicemos una revuelta por nuestra cuenta. Me parece muy bien. ¡Je suis vot’e homme!
Pierre sonrió, Natásha echó a reír, pero Nikoláy frunció aún más las cejas y comenzó a demostrarle a Pierre que no había perspectivas de ningún cambio importante y que todo el peligro del que hablaba existía solo en su imaginación.
Pierre sostuvo lo contrario, y como sus facultades mentales eran mayores y más ingeniosas, Nikoláy se sintió arrinconado. Esto lo enfureció aún más, pues estaba plenamente convencido, no por el raciocinio sino por algo dentro de él más fuerte que la razón, de la justicia de su opinión.
—Te diré una cosa —dijo, levantándose e intentando con dedos nerviosos y temblorosos sostener su pipa en un rincón, pero acabando por abandonar el intento—. No puedo probártelo. Dices que todo aquí está podrido y que se avecina un derrocamiento: yo no lo veo. Pero también dices que nuestro juramento de lealtad es algo condicional, y a eso respondo: «Eres mi mejor