física. La teología montó guardia en defensa de las viejas opiniones y acusó a las nuevas de vulnerar la revelación. Pero cuando la verdad triunfó, la teología se afianzó con la misma solidez sobre el nuevo cimiento.
Tan prolongada y obstinada como la lucha que se libra actualmente entre la vieja y la nueva concepción de la historia, la teología del mismo modo monta guardia en defensa de la vieja perspectiva y acusa a la nueva de subvertir la revelación.
En un caso como en el otro, en ambas partes la lucha provoca pasión y ahoga la verdad.
Por un lado hay temor y añoranza por la pérdida de todo el edificio construido a través de los siglos, por el otro está la pasión por la destrucción.
A los hombres que lucharon contra las crecientes verdades de la filosofía física, les parecía que, si admitían esa verdad, destruirían la fe en Dios, en la creación del firmamento y en el milagro de Josué, hijo de Nun.
A los defensores de las leyes de Copérnico y Newton, a Voltaire por ejemplo, les parecía que las leyes de la astronomía destruían la religión, y este utilizó la ley de la gravitación como un arma contra la religión.
Solo que ahora parece como si solo tuviéramos que admitir la ley de la inevitabilidad, para destruir la concepción del alma, del bien y del mal, y todas las instituciones del Estado y de la Iglesia que se han construido sobre esas concepciones.
Del mismo modo, como Voltaire en su tiempo, los defensores no invitados de la ley de la inevitabilidad utilizan hoy esa ley como un arma contra la religión, aunque la ley de la inevitabilidad en la historia, al igual que la ley