agachándose, recogió rápidamente el objeto de la disputa y corrió a la habitación. La princesa mayor y el príncipe Vasili, recobrándose, la siguieron. Unos minutos más tarde, la hermana mayor salió con el rostro pálido y duro, mordiéndose de nuevo el labio inferior. Al ver a Pierre, su expresión reflejó un odio irreprimible.
—¡Sí, ahora puedes alegrarte! —dijo ella—; esto es lo que estabas esperando. Y rompiendo a llorar, se ocultó el rostro en el pañuelo y salió huyendo de la habitación.
A continuación vino el príncipe Vasíli. Fue tambaleándose hasta el sofá en el que Pierre estaba sentado y se dejó caer en él, cubriéndose la cara con la mano. Pierre advirtió que estaba pálido y que su mandíbula temblaba y se estremecía como si tuviera unas tercianas.
—¡Ah, amigo mío! —dijo, tomando a Pierre