y vívidos que nunca, despertaron en su alma. Ahora recordaba la conexión que existía entre él y aquel hombre que lo miraba vagamente a través de las lágrimas que llenaban sus ojos hinchados. Lo recordaba todo, y una piedad extática y un amor por ese hombre desbordaron su feliz corazón.
El príncipe Andréy ya no pudo contenerse y lloró lágrimas de tierno amor por sus semejantes, por sí mismo y por sus propios errores y los de ellos.
“La compasión, el amor a nuestros hermanos, a los que nos aman y a los que nos odian, el amor a nuestros enemigos; sí, ese amor que Dios predicó en la tierra y que la princesa María me enseñó y yo no comprendí, eso es lo que me daba pena de dejar la vida, eso es lo que me habría quedado de haber vivido. Pero ahora es demasiado tarde. ¡Ya lo sé!”
XXXVIII
El terrible espectáculo del campo de batalla cubierto de muertos y heridos, unido a la pesadez de su cabeza y a la noticia de que unos veinte generales conocidos personalmente por él habían muerto o resultado heridos, y la conciencia de la impotencia de su antaño poderoso brazo, produjo una impresión inesperada en Napoleón, a quien por lo general le gustaba contemplar a los muertos y heridos, considerando que con ello ponía a prueba la firmeza de su espíritu. Ese día, el horrible aspecto del campo de batalla doblegó aquella firmeza de espíritu que él creía que constituía su mérito y su grandeza. Se alejo a toda prisa del campo de batalla y regresó al montículo de Shevárdino, donde se sentó en su banqueta de campaña, con el rostro cetrino, hinchado