grand*, y su alma está tranquila.
—«Du sublime (veía algo sublime en sí mismo) au ridicule il n’y a qu’un pas», dijo. Y el mundo entero lleva cincuenta años repitiendo: «¡Sublime! ¡Grande! ¡Napoleón el Grande!».
Du sublime au ridicule il n’y a qu’un pas.
Y a nadie se le ocurre que admitir una grandeza no mensurable con el patrón del bien y del mal es meramente admitir la propia vacuidad y la inconmensurable bajeza.
Para nosotros, con la medida del bien y del mal que nos dio Cristo, ninguna acción humana es inconmensurable. Y no hay grandeza donde faltan la sencillez, la bondad y la verdad.
XIX
¿Qué ruso, al leer la relación de la última parte de la campaña de 1812, no ha experimentado un incómodo sentimiento de pesar, insatisfacción y perplejidad? ¿Quién no se ha preguntado cómo es