Smolénsk oyó los sonidos de disparos lejanos, pero esto no le causó impresión. Lo que más le llamó la atención fue la vista de un espléndido campo de avena en el que se había montado un campamento y que los soldados estaban segando, evidentemente para forraje. Este hecho impresionó a Alpátych, pero al pensar en sus propios asuntos pronto lo olvidó.
Todos los intereses de su vida durante más de treinta años habían estado delimitados por la voluntad del príncipe, y jamás cruzaba ese límite. Todo lo que no estuviera relacionado con la ejecución de las órdenes del príncipe no le interesaba y ni siquiera existía para Alpátych.
Al llegar a Smolénsk al anochecer del cuatro de agosto, se instaló en el arrabal de Gáchina, al otro lado del Dniéper, en la posada de Ferapóntov, donde solía hospedarse desde hacía treinta