Pierre no le prestó ninguna atención especial. No sabía que llegaría a ser más memorable para él que cualquier otro lugar en la llanura de Borodinó.
Luego cruzaron la hondonada hasta Seménovskoye, donde los soldados arrastraban los últimos leños de las chozas y los graneros. Después bajaron y subieron la colina, a través de un campo de centeno pisoteado y machacado como si hubiera caído granizo, siguiendo una huella abierta recientemente por la artillería sobre los surcos de la tierra arada, y llegaron a unas flèches que aún se estaban cavando.
En las flechas, Bennigsen se detuvo y comenzó a mirar el reducto de Shevárdino, enfrente, que el día antes había sido nuestro y donde se distinguía a varios jinetes. Los oficiales decían que allí estaba Napoleón o Murat, y todos observaban con avidez a ese grupito de jinetes. Pierre también