de los versos.
Cuando Pierre hubo dejado a Kutúzov, Dólokhov se le acercó y le tomó la mano.
—Me alegra mucho verle aquí, Conde —dijo en voz alta, sin importarle la presencia de extraños y con un tono particularmente resuelto y solemne—.
En vísperas de un día en que solo Dios sabe a cuál de nosotros le está deparado sobrevivir, me alegra esta oportunidad para decirle que lamento los malentendidos que hubo entre nosotros y quisiera que usted no me guarde ningún rencor. Le ruego que me perdone.
Pierre miró a Dólokhov con una sonrisa, sin saber qué decirle. Con lágrimas en los ojos, Dólokhov abrazó a Pierre y lo besó.
Borís dijo unas palabras a su general, y el conde Bennigsen se volvió hacia Pierre y le propuso que fuera con él a caballo a recorrer la línea.
—Le