sus gobernantes elegidos.
En el ámbito de la jurisprudencia, que consiste en debates sobre cómo podrían organizarse un Estado y el poder si fuera posible organizarlo todo, está muy claro; pero al aplicarla a la historia, esa definición de poder necesita una explicación.
La ciencia de la jurisprudencia considera el Estado y el poder tal como los antiguos consideraban el fuego, es decir, como algo que existe de manera absoluta. Pero para la historia, el Estado y el poder son meros fenómenos, del mismo modo que para la física moderna el fuego no es un elemento, sino un fenómeno.
De esta diferencia fundamental entre la concepción de la historia y la de la jurisprudencia se desprende que la jurisprudencia puede explicar minuciosamente cómo, en su opinión, debe constituirse el poder y qué es el poder —que existe inmutablemente fuera del tiempo—, pero a las preguntas de la historia sobre el significado de las mutaciones del poder en el tiempo no puede responder nada.
Si el poder es la voluntad colectiva del pueblo transferida a su gobernante, ¿fue Pugachov un representante de la voluntad del pueblo?
Si no lo fue, ¿por qué lo fue Napoleón I?
¿Por qué Napoleón III era un criminal cuando fue hecho prisionero en Boulogne y por qué, más tarde, lo fueron aquellos criminales a quienes él arrestó?
¿Acaso las revoluciones de palacio —en las que a veces participan tan solo dos o tres personas— transfieren la voluntad del pueblo a un nuevo gobernante? En las relaciones internacionales, ¿se transfiere también la voluntad del pueblo a su conquistador? ¿Se transfirió la voluntad de la Confederación del Rin a Napoleón en 1806? ¿Se transfirió la voluntad del pueblo ruso a Napoleón en 1809, cuando nuestro ejército, aliado con