Borodinó, ni la de Austerlitz— se desarrolla tal como lo previeron quienes la planearon. Esa es una condición esencial.
Un número incalculable de fuerzas libres (pues en ninguna parte es el hombre más libre que durante una batalla, donde se trata de la vida y de la muerte) influye en el rumbo que toma el combate, y ese rumbo jamás puede conocerse de antemano y nunca coincide con la dirección de una sola fuerza.
Si sobre un cuerpo dado actúan muchas fuerzas simultáneas y de direcciones diversas, la dirección de su movimiento no puede coincidir con ninguna de esas fuerzas, sino que será siempre una resultante —lo que en mecánica se representa por la diagonal de un paralelogramo de fuerzas.
Si en las descripciones dadas por los historiadores, especialmente los franceses, encontramos que sus guerras y batallas se llevaron a cabo de acuerdo con planes previamente formados, la única conclusión que debe sacarse es que esas descripciones son falsas.
La batalla de Tarútino evidentemente no alcanzó el objetivo que Toll tenía en vista —llevar las tropas a la acción en el orden prescrito por las disposiciones—, ni el que pudo tener el conde Orlóv-Denísov —hacer prisionero a Murat—, ni el resultado de destruir inmediatamente todo el cuerpo, que Bennigsen y otros pudieron tener en vista; ni el objetivo del oficial que deseaba entrar en acción para distinguirse, ni el del cosaco que quería más botín del que obtuvo, y así sucesivamente. Pero si el objetivo de la batalla fue lo que realmente resultó y lo que todos los rusos de entonces deseaban —expulsar a los franceses de Rusia y destruir su ejército—, resulta bastante claro que la batalla de Tarútino, precisamente debido a sus incongruencias, fue exactamente lo que se necesitaba en aquella etapa