Vasílich entraron en el salón y, tras cerrar las puertas, todos se sentaron y permanecieron unos momentos en silencio sin mirarse los unos a los otros.
El conde fue el primero en levantarse y, con un sonoro suspiro, se santiguó ante el icono. Todos los demás hicieron lo mismo. Luego, el conde abrazó a Mávra Kuzmínichna y a Vasílich, que debían quedarse en Moscú, y mientras ellos se aferraban a su mano y le besaban el hombro, él les palmeaba suavemente la espalda con unas palabras vagamente afectuosas y reconfortantes.
La condesa entró en el oratorio y allí la encontró Sónya de rodillas ante los iconos que habían quedado colgados aquí y allá en la pared. (Los más preciosos, vinculados a alguna tradición familiar, se los llevaban con ellos).
En el porche y en el patio, los hombres a quienes Petya