golpe por un momento de gloria, de triunfo sobre los hombres, por el amor de hombres que no conozco y jamás conoceré, por el amor de estos mismos hombres de aquí—pensó, al escuchar las voces en el patio de Kutúzov.
Las voces eran las de los enfermeros que estaban empaquetando; una voz, probablemente la de un cochero, estaba tomando el pelo al viejo cocinero de Kutúzov, a quien el príncipe Andréi conocía y que se llamaba Tit. Decía: «¡Tit, digo, Tit!».
—¿Y bien? —replicó el viejo.
—¡Anda, carbonero, trilla un poco! —dijo el bromista.
—¡Oh, váyase al diablo! —exclamó una voz, ahogada por las risas de los enfermeros y los criados.
“Aun así, ¡no amo ni valgo nada más que el triunfo sobre todos ellos, valoro este poder místico y esta gloria que flotan aquí arriba, sobre mí, en esta niebla!”
XIII
Aquella misma noche, Rostóv estaba con un pelotón de servicio de guerrilla frente al destacamento de Bagratión. Sus húsares estaban colocados a lo largo de la línea por parejas y él mismo cabalgaba a lo largo de ella intentando dominar el sopor que le venía encima. Un espacio enorme, con las hogueras del campamento de nuestro ejército brillando tenuemente en la niebla, se veía a su espalda; frente a él había una oscuridad brumosa. Rostóv no podía ver nada, por mucho que escrutara aquella distancia neblinosa: * ora algo relucía gris, * ora había algo negro, * ora pequeñas luces parecían titilar donde se suponía que debía estar el enemigo, * ora se imaginaba que no era más que algo en sus propios ojos. Sus ojos se le cerraban una y otra vez, y en su imaginación aparecían —ora