era el príncipe Andréi Bolkónski.
XV
Llegaba el último día de Moscú. Era un día de otoño despejado y luminoso, un domingo. Las campanas de las iglesias tañían en todas partes para los servicios religiosos, exactamente igual que de costumbre los domingos. A nadie parecía habérsele ocurrido aún lo que le aguardaba a la ciudad.
Tan solo dos cosas indicaban la condición social de Moscú: la plebe, es decir, la gente pobre, y el precio de las mercancías. Una enorme muchedumbre de obreros fabriles, siervos domésticos y campesinos, entre los cuales se mezclaban algunos funcionarios, seminaristas y hidalgos, había acudido temprano esa mañana a las Tres Colinas. Tras esperar allí a Rostopchín, que no apareció, se convencieron de que Moscú sería entregada y luego se dispersaron por toda la ciudad hacia las tabernas y figones. Los precios también indicaban ese día el estado de las cosas. El precio de las armas, del oro, de los carros y de los caballos no dejaba de subir, mientras que el valor del papel moneda y de los artículos de la ciudad no dejaba de bajar, de modo que hacia el mediodía se daban casos de carreteros que transportaban mercancías valiosas, como paño, y recibían como pago la mitad de lo que transportaban, mientras que los caballos de los campesinos se cotizaban a quinientos rublos cada uno, y los muebles, espejos y bronces se regalaban por nada.
En la digna y anticuada casa de los Rostov, la disolución de las anteriores condiciones de vida apenas se notaba. En cuanto a los siervos, el único indicio fue que tres miembros de su gigantesco séquito desaparecieron durante la noche, pero no robaron nada; y en cuanto al