mismo, asociando estas palabras a ideas vagas pero alegres. Se abrió la puerta y alguien
A la débil luz, a la que Pierre ya se había acostumbrado, vio a un hombre bastante bajo.
Habiendo salido evidentemente de la luz a la oscuridad, el hombre se detuvo, luego avanzó con pasos cautelosos hacia la mesa y apoyó en ella sus pequeñas manos enfundadas en guantes de cuero.
Este hombre bajito llevaba puesto un delantal de cuero blanco que le cubría el pecho y parte de las piernas; llevaba puesto una especie de collar por encima del cual se alzaba una alta gorguera blanca, que perfilaba su rostro bastante alargado que estaba iluminado desde abajo.
—¿A qué has venido aquí? —preguntó el recién llegado, volviéndose hacia Pierre ante un leve crujido que este hizo—. ¿Por qué has venido tú, que no crees en la verdad de la luz y no has visto la luz? ¿Qué buscas de nosotros? ¿Sabiduría, virtud, iluminación?
En el momento en que se abrió la puerta y entró el desconocido, Pierre sintió una sensación de asombro y veneración como la que había experimentado en su infancia durante la confesión; se sintió en presencia de alguien que socialmente era un absoluto extraño, pero que a la vez se le hacía más cercano a través de la hermandad de los hombres. Con el aliento retenido y el corazón latiendo aceleradamente, avanzó hacia el Retor (nombre con el que se conocía al hermano que preparaba al neófito para su ingreso en la Hermandad). Al acercarse más, reconoció en el Retor a un hombre conocido, Smolianínov, y le mortificó pensar que el recién llegado fuera un conocido; él lo deseaba simplemente