por los sollozos.
Al oír aquellos gemidos, el príncipe Andréi sintió deseos de llorar. Ya fuera porque estaba muriendo sin gloria, o porque le daba pena separarse de la vida, o por aquellos recuerdos de una infancia que no podía volver, o porque él sufría y los demás sufrían y aquel hombre a su lado gemía tan lastimosamente, sintió ganas de llorar con lágrimas infantiles, bondadosas y casi felices.
Al herido le enseñaron su pierna amputada, manchada de sangre coagulada y todavía con la bota puesta.
“¡Oh! ¡Oh, ohh!”, sollozó, como una mujer.
El médico que había estado de pie junto a él, impidiendo que el príncipe Andrés le viera el rostro, se apartó.
—¡Dios mío! ¿Qué es esto? ¿Por qué está aquí? —se dijo el príncipe Andréi.
En el hombre miserable, sollozante y debilitado a quien acababan de amputar la pierna, reconoció a Anatoli Kuraguin. Unos hombres lo sostenían en brazos y le ofrecían un vaso de agua, pero sus labios temblorosos e hinchados no alcanzaban a tocar el borde. Anatoli sollozaba dolorosamente. «¡Sí, es él! ¡Sí, ese hombre está estrecha y dolorosamente ligado a mí!», pensó el príncipe Andréi, sin comprender aún con claridad lo que tenía ante los ojos. «¿Qué relación tiene ese hombre con mi infancia y mi vida?», se preguntó sin hallar respuesta. Y de repente acudió a su memoria un recuerdo nuevo e inesperado de aquel mundo de infancia pura y amorosa. Recordó a Natasha tal como la había visto por primera vez en el baile de 1810, con su cuello y sus brazos delgados y con un rostro asustado y feliz dispuesto al éxtasis; y el amor y la ternura hacia ella, más fuertes