que ver con antes.
Nikoláy expresó su desaprobación por el aplazamiento de la boda por un año; pero Natásha atacó a su hermano con exasperación, demostrándole que no podía ser de otro modo, y que sería una mala idea entrar en una familia en contra de la voluntad del padre, y que ella misma lo deseaba así.
—No entiendes en absoluto —dijo ella.
Nikoláy guardó silencio y le dio la razón.
Su hermano a menudo se quedaba pensativo al mirarla. No parecía en absoluto una muchacha enamorada y separada de su prometido. Era ecuánime y tranquila, y tan alegre como antaño.
Esto asombraba a Nikoláy y hasta le hacía mirar con escepticismo el noviazgo de Bolkónski. No podía creer que su destino estuviera sellado, sobre todo porque no la había visto con el príncipe Andréy. Siempre le parecía que había algo no del todo correcto en aquel matrimonio planeado.
“¿Por qué esta tardanza? ¿Por qué no hay compromiso?”, pensó.
Una vez, cuando había sacado el tema con su madre, descubrió, con sorpresa y cierta satisfacción, que en lo más hondo de su alma ella también abrigaba dudas sobre este matrimonio.
—Ya ves que escribe —dijo ella, mostrándole a su hijo una carta del príncipe Andréi, con ese recelo latente que una madre siempre abriga respecto a la futura felicidad conyugal de una hija—, escribe que no vendrá antes de diciembre. ¿Qué lo estará reteniendo? ¡Enfermedad, probablemente! Su salud es muy delicada. No se lo digas a Natásha. Y no le des importancia a que esté tan alegre: eso es porque está viviendo los últimos días de su juventud, ¡pero yo sé cómo se pone cada vez que recibimos una carta suya! ¡Sin embargo,