de sebo con una mecha larga, gruesa y humeante.
Desde el momento en que le habían anunciado aquella mañana la herida del príncipe Andréy y su presencia allí, Natásha se había propuesto verle. No sabía por qué tenía que hacerlo, sabía que el encuentro sería doloroso, pero estaba cada vez más convencida de que era necesario.
Todo el día había vivido solo con la esperanza de verlo esa noche. Pero ahora que el momento había llegado, la invadía el pavor ante lo que pudiera ver.
¿Cómo estaría mutilado? ¿Qué quedaba de él? ¿Sería como aquel incesante gemido del ayudante? Sí, era por completo como eso. En su imaginación, él era aquel terrible gemido personificado.
Cuando vio una silueta imprecisa en el rincón y confundió sus rodillas levantadas bajo la colcha con los hombros, se figuró que allí había un cuerpo horrible, y se detuvo atemorizada. Pero un impulso irresistible la arrastró hacia adelante. Dio un paso con cautela y luego otro, y se encontró en medio de una pequeña habitación llena de equipaje.
Otro hombre —Timóujin— yacía en un rincón, sobre los bancos situados bajo los iconos, y otros dos —el médico y un ayuda de cámara— yacían en el suelo.
El ayuda de cámara se incorporó y susurró algo. Timókhin, desvelado por el dolor de su pierna herida, contemplaba con los ojos muy abiertos aquella extraña aparición de una muchacha en camisa blanca, chaqueta de mañanitas y gorro de dormir. La exclamación adormilada y asustada del ayuda de cámara: «¿Qué quieres? ¿Qué pasa?», hizo que Natasha se acercara más deprisa a lo que yacía en el rincón. Por mucho que aquel cuerpo se pareciera horriblemente poco a un hombre, tenía