gritos y gemidos, a veces fingidos —o eso le parecía a Rostóv—. Puso a su caballo al trote para evitar ver a todos aquellos hombres sufriros, y sintió miedo; miedo no por su vida, sino por el valor que necesitaba y que sabía que no resistiría la vista de aquellos desdichados.
Los franceses, que habían cesado de disparar sobre aquel campo sembrado de muertos y heridos donde ya no quedaba nadie a quien tirar, al ver a un ayudante que lo cruzaba a caballo, apuntaron un cañón hacia él y le hicieron varios disparos.
La sensación de aquellos silbidos terribles y de los cadáveres a su alrededor se fundió en la mente de Rostov en un único sentimiento de terror y de compasión por sí mismo. Recordó la última carta de su madre.
«¿Qué sentiría —pensó— si me viera ahora aquí, en este campo, con el cañón apuntándome?»
En el pueblo de Hosjeradek había tropas rusas que se retiraban del campo de batalla; aunque todavía estaban algo confusas, se encontraban menos desordenadas. El cañón francés no alcanzaba hasta allí y el fuego de fusilería sonaba a lo lejos. Aquí todos veían con claridad y decían que la batalla estaba perdida.
Nadie de los a los que preguntó Rostóv pudo decirle dónde estaban el Emperador o Kutúzov. Unos decían que la noticia de que el Emperador estaba herido era cierta, otros que no, y atribuían el falso rumor que se había extendido al hecho de que el carruaje del Emperador había huido a toda carrera del campo de batalla con el pálido y aterrado Ober-Hofmarschal conde Tolstóy, quien había cabalgado hacia el campo de batalla junto con otros miembros de la comitiva