negocios con su padre, y siempre, al pensar en los enemigos y en los que la odiaban, recordaba a Anatole, que tanto daño le había hecho—y aunque él no la odiaba, ella oraba gustosamente por él como por un enemigo. Solo en la oración se sentía capaz de pensar con claridad y calma en el príncipe Andréy y en Anatole, como en hombres cuyos sentimientos no significaban nada en comparación con su temor y devoción a Dios. Cuando oraban por la familia imperial y el Sínodo, se inclinaba profundamente y se hacía la señal de la cruz, diciéndose que, aunque no lo entendiera, tampoco podía dudar, y que de cualquier modo amaba al Sínodo gobernante y oraba por él.
Cuando terminó la Letanía, el diácono se cruzó la estola sobre el pecho y dijo:
«¡Encomendémonos a nosotros mismos y toda nuestra vida a Cristo nuestro Señor!»