le demuestra que la completa libertad de la que es consciente en su interior es imposible, y que cada una de sus acciones depende de su constitución, su carácter y los motivos que actúan sobre él; sin embargo, el hombre nunca se somete a las deducciones de estos experimentos y razonamientos. Habiendo aprendido por la experimentación y el razonamiento que una piedra cae hacia abajo, un hombre cree indudablemente en ello y siempre espera que se cumpla la ley que ha aprendido.
Pero sabiendo con la misma certeza que su voluntad está sujeta a leyes, no lo cree ni puede creerlo.
Por más que la experiencia y el razonamiento le demuestren a un hombre que bajo las mismas condiciones y con el mismo carácter hará lo mismo que antes, cuando bajo las mismas condiciones y con el mismo carácter se aproxima por milésima vez a la acción que siempre termina del mismo modo, se siente tan convencido como antes del experimento de que puede obrar como le plazca.
Todo hombre, salvaje o sabio, por mucho que la razón y la experiencia le demuestren de manera indiscutible que es imposible imaginar dos cursos de acción diferentes en exactamente las mismas condiciones, siente que sin esta concepción irracional (que constituye la esencia de la libertad) no puede concebir la vida. Siente que, por imposible que parezca, así es, pues sin esta concepción de la libertad no sólo sería incapaz de comprender la vida, sino que le sería imposible vivir un solo instante.
No podía vivir, porque todos los esfuerzos del hombre, todos sus impulsos hacia la vida, son solo esfuerzos para aumentar la libertad. La riqueza y la pobreza, la fama y la oscuridad, el poder y la subordinación, la fuerza y