sobre enaguas de seda rosa, con rosas en los corpiños y el peinado à la grecque.
Todo lo esencial ya se había hecho; pies, manos, cuellos y orejas lavados, perfumados y empolvados, como corresponde a un baile; las medias de seda caladas y los zapatos de satén blanco con cintas ya estaban puestos; el peinado casi había terminado.
Sónya estaba terminando de arreglarse y también la condesa, pero Natásha, que se había afanado ayudándoles a todas, iba retrasada. Todavía seguía sentada ante un espejo con una chaquetilla de tocador echada sobre sus delgados hombros.
Sónya estaba de pie, ya vestida, en medio de la habitación y, apretándose la cabeza de un alfiler hasta hacerse daño en el delicado dedo, fijaba una última cinta que crujía al ser atravesada por el alfiler.
—¡Así no, así no, Sónya! —exclamó Natásha volviendo la cabeza