empujar —dijo el lacayo, y empezó también a mover los codos con tal maña que empujó a Petya a un rincón muy mugriento del portal.
Pétya se secó el rostro sudoroso con las manos y se subió el cuello húmedo que se había acomodado tan bien en casa para parecerse a un hombre.
Sentía que ya no tenía aspecto presentable, y temía que si en aquel estado se acercaba a los gentileshombres de cámara, no sería admitido ante el Emperador. Pero resultaba imposible acicalarse o trasladarse a otro sitio a causa de la muchedumbre. Uno de los generales que pasó en coche era conocido de los Rostov, y Petya pensó en pedirle ayuda, pero llegó a la conclusión de que aquello no sería propio de un hombre. Una vez que hubieron entrado todos los carruajes, la multitud, arrastrando a Petya consigo, se abalanzó hacia la plaza del Kremlin, que ya estaba llena de gente. Había personas no solo en la plaza, sino en todas partes: en las cuestas y en los tejados. Tan pronto como Petya se vio en la plaza, oyó claramente el sonido de las campanas y las alegres voces de la multitud que llenaba todo el Kremlin.
Durante un rato la multitud fue menos densa, pero de repente todas las cabezas se descubrieron y todo el mundo se precipitó hacia adelante en una misma dirección. A Pétya lo apretaban de tal modo que apenas podía respirar, y todos gritaban: «¡Hurra! ¡hurra! ¡hurra!». Pétya se puso de puntillas, empujó y pellizcó, pero no pudo ver nada excepto a la gente que lo rodeaba.
Todos los rostros reflejaban la misma expresión de emoción y entusiasmo. La mujer de un artesano que estaba de pie junto a Pétya sollozaba, y las lágrimas