se lo removiera.
—¿Pero lo tomas sin azúcar? —dijo, sonriendo todo el tiempo, como si todo lo que decía ella y todo lo que decían los demás fuera muy divertido y tuviera un doble sentido.
“No es el azúcar lo que quiero, sino tan solo que tu manita revuelva mi té.”
Márya Hendríkhovna asintió y se puso a buscar la cucharita, de la que alguien mientras tanto se había adueñado.
—Use el dedo, Márya Hendríkhovna, será todavía más bonito —dijo Rostóv.
—¡Demasiado caliente! —respondió ella, sonrojándose de placer.
Ilyín echó unas gotas de ron en el cubo de agua y se lo llevó a Márya Hendríkhovna, pidiéndole que lo removiera con el dedo.
—Esta es mi taza —dijo él—. Moja solo el dedo en ella y me lo beberé todo.
Cuando se hubieron acabado el samovár, Rostóv cogió una baraja y propuso jugar al «Rey» con