pasaría por el fuego y por el agua, cometería crímenes, moriría o realizaría actos de la más alta categoría de heroísmo, por lo que no podía menos que temblar y su corazón detenerse ante la inminencia de esa
«¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!» tronó desde todos los flancos, mientras un regimiento tras otro saludaba al zar con los acordes de la marcha, y luego «¡Hurra!»… Después, la marcha general y de nuevo «¡Hurra! ¡Hurra!», cada vez más fuertes y plenos, fundiéndose en un estruendo ensordecedor.
Hasta que el zar llegaba a él, cada regimiento, en su silencio e inmovilidad, parecía un cuerpo sin vida, pero tan pronto como él se acercaba cobraba vida, y su trueno se unía al rugido de toda la línea por la que ya había pasado.
A través del terrible y ensordecedor estruendo de aquellas voces, en medio de las masas cuadradas de tropas que permanecían inmóviles como si estuvieran petrificadas, cientos de jinetes que componían las comitivas se desplazaban con descuido pero simétricamente y, sobre todo, con libertad, y al frente de ellos dos hombres: los emperadores.
En ellos se concentraba la atención unánime y apasionadamente tensa de toda aquella masa de hombres.
El apuesto y joven emperador Alejandro, con el uniforme de la Guardia a Caballo, luciendo un sombrero bicornio con las puntas hacia adelante y hacia atrás, con su rostro agraciado y su voz resonante aunque no muy alta, atraía la atención de todos.
Rostóv no estaba lejos de los trompetas y, con su vista aguda, había reconocido al zar y observado su aproximación. Cuando estuvo a veinte pasos, y Nikoláy pudo distinguir claramente cada detalle de su apuesto y feliz rostro joven, experimentó un sentimiento de