criados y una muchacha sonrosada con una gran trenza de cabello negro que sonreía, al menos eso le pareció a la princesa María, de un modo desagradablemente afectado. (Era Sónya.) La princesa María subió los peldaños corriendo. «¡Por aquí, por aquí!», dijo la muchacha con la misma sonrisa artificial, y la princesa se encontró en el vestíbulo frente a una mujer mayor de tipo oriental, que salió rápidamente a su encuentro con expresión conmovida. Era la condesa. Abrazó a la princesa María y la besó.
—¡Mon enfant! —murmuró—, je vous aime et vous connais depuis longtemps.
A pesar de su emoción, la princesa María comprendió que era la condesa y que tenía que decirle algo. Sin apenas saber cómo lo hizo, se las ingenió para pronunciar unas pocas frases cortas en francés, en el mismo tono en que le habían