1805
I
El príncipe Vasili no era un hombre que urdiera premeditadamente sus planes. Menos aún pensaba en perjudicar a nadie en su propio beneficio. Era simplemente un hombre mundano que había triunfado y para el cual el triunfo se había convertido en un hábito. En su mente se gestaban constantemente maquinaciones y ardides de los que nunca daba cuenta cabal a sí mismo, pero que constituían el único interés de su vida, surgidos de las circunstancias y de las personas con las que se cruzaba. De estos planes no tenía en la cabeza uno o dos, sino decenas: algunos apenas empezaban a tomar forma, otros se acercaban a su realización y algunos más estaban en vías de desintegración. No se decía a sí mismo, por ejemplo: «Este hombre tiene ahora influencia, debo ganarme su confianza y su amistad y obtener