agitó el brazo con severidad, y hombres y mujeres con las piernas desnudas entraron por ambos lados y empezaron a bailar todos juntos. Luego los violines tocaron muy estridente y alegremente, y una de las mujeres con piernas gruesas y desnudas y brazos delgados, separándose de las demás, se fue detrás de las bambalinas, se ajustó el corpiño, volvió al centro del escenario y comenzó a saltar y a golpear un pie rápidamente contra el otro. En el patio de butacas todo el mundo aplaudía y gritaba «¡bravo!». Entonces uno de los hombres se fue a un rincón del escenario. Los platillos y las trompas de la orquesta irrumpieron con más fuerza, y este hombre con las piernas desnudas saltó muy alto y agitó los pies con mucha rapidez. (Era Duport, que cobraba sesenta mil rublos al año por este arte). Todo el mundo en el patio de butacas, los palcos y la galería comenzó a aplaudir y a gritar con todas sus fuerzas, y el hombre se detuvo y empezó a sonreír y a hacer reverencias a todos lados. Luego otros hombres y mujeres bailaron con las piernas desnudas. Después el rey volvió a gritar al son de la música, y todos empezaron a cantar. Pero de repente se desató una tormenta, se oyeron escalas cromáticas y séptimas disminuidas en la orquesta, todos huyeron, arrastrando de nuevo a uno de los suyos, y cayó el telón. Una vez más hubo un ruido y un estrépito terribles entre el público, y con rostros arrebatados todos empezaron a gritar: «¡Duport! ¡Duport! ¡Duport!». Natásha ya no encontraba esto extraño. Miraba a su alrededor con placer, sonriendo alegremente.
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Parte V
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