para convencerse de que no valía la pena rebajarse a un conflicto con él— sabía que cuando se encontrara con él no podría resistir la tentación de retarlo, del mismo modo que un hambriento no puede evitar arrebatarle la comida a otro. Y la conciencia de que la afrenta aún no estaba vengada, de que su rencor seguía latente, le pesaba en el corazón y envenenaba la artificial tranquilidad que lograba mantener en Turquía por medio de una actividad inquieta, trabajosa y más bien vanidosa y ambiciosa.
En el año 1812, cuando la noticia de la guerra con Napoleón llegó a Bucarest —donde Kutúzov había estado viviendo durante dos meses, pasando sus días y noches con una mujer valaquia—, el príncipe Andréi le pidió a Kutúzov que lo trasladara al Ejército Occidental. Kutúzov, que ya estaba cansado de la actividad de Bolkónski, la cual parecía reprocharle su propia ociosidad, lo dejó marchar con la mayor buena disposición y le encomendó una misión ante Barclay de Tolly.
Antes de incorporarse al Ejército de Occidente, que entonces, en mayo, acampaba en Drissa, el príncipe Andréi visitó Calvarias, que le pillaba de paso, ya que quedaba a solo dos millas del camino real de Smolensko. Durante los últimos tres años se habían producido tantos cambios en su vida, había pensado, sentido y visto tanto (habiendo viajado tanto por el este como por el oeste), que al llegar a Calvarias le pareció extraño e inesperado encontrar el modo de vida allí inalterado y exactamente igual en todos sus detalles. Entró por las puertas de pilares de piedra y recorrió la avenida que conducía a la casa como si entrara en un castillo encantado y durmiente. Allí reinaban la misma antigua prestancia, la misma limpieza, la