y mañana lo nombrarán ayudante en alguna parte y podrá burlarse cuando se diga: «¡Hay ladrones entre los oficiales de Pávlograd!». ¡Pero a nosotros no nos da igual! ¿No tengo razón, Denísov? ¡No nos da igual!
Denísov guardaba silencio y no se movía, pero de vez en cuando miraba a Rostóv con sus brillantes ojos negros.
—Tú valoras tu propio orgullo y no deseas disculparte —continuó el capitán de estado mayor—, pero nosotros, los viejos, que hemos crecido y, Dios mediante, vamos a morir en el regimiento, apreciamos el honor del regimiento, y Bogdánich lo sabe. ¡Vaya que lo apreciamos, viejo! ¡Y todo esto no está bien, no está bien! Puedes ofenderte o no, pero yo siempre me atengo a la gloriosa verdad. ¡No está bien!
Y el capitán de estado mayor se levantó y se apartó de Rostóv.
—¡Eso es vverdad, maldita sea! —gritó Denísov, dando un salto—. ¡Venga, Rostóv, venga!
Rostóv, enrojeciendo y empalideciendo alternativamente, miró primero a un oficial y luego al otro.
—No, caballeros, no… no debéis pensar… lo comprendo perfectamente. Os equivocáis al pensar eso de mí… yo… por mí… por el honor del regimiento yo… ¡Ah, bien, lo demostraré en acción, y para mí el honor de la bandera…! Bien, no importa, es verdad que tengo la culpa, la culpa en todo. Bien, ¿qué más queréis?…
—¡Vamos, eso está bien, conde! —gritó el capitán de estado mayor, dándose la vuelta y dándole una palmada a Rostóv en el hombro con su gran mano.
—Te lo digo yo —gritó Denísov—, es un muchacho excelente.
—Así está mejor, conde —dijo el capitán de estado