todo aquello era una dicha perdida y desapreciada, ya lejana. No cabía en su cabeza que una estupidez del azar, por haber repartido el siete a la derecha y no a la izquierda, pudiera privarle de toda aquella felicidad, recién valorada y recién iluminada, y arrojarle a los abismos de una miseria desconocida e indefinida. No podía ser, y sin embargo aguardaba con el corazón encogido el movimiento de las manos de Dólokhov. Aquellas manos anchas y rojizas, con las muñecas velludas asomando bajo los puños de la camisa, dejaron la baraja y cogieron un vaso y una pipa que le acababan de ofrecer.
—¿De modo que no tienes miedo de jugar conmigo? —repitió Dólokhov, y como si fuera a contar un buen cuento, dejó las cartas, se echó hacia atrás en el asiento y comenzó