de la campaña, sintió, al ver a un ejército que les bloqueaba el camino a Moscú, que el vino estaba servido y había que beberlo. Si Napoleón les hubiera prohibido entonces luchar contra los rusos, lo habrían matado y habrían procedido a luchar contra los rusos porque era inevitable.
Cuando oyeron la proclamación de Napoleón que les ofrecía, como compensación por la mutilación y la muerte, las palabras de la posteridad sobre su participación en la batalla ante Moscú, gritaron «¡Viva el Emperador!» tal como habían gritado «¡Viva el Emperador!» al ver el retrato del muchacho que atravesaba el globo terráqueo con un bastón de juguete, y tal como habrían gritado «¡Viva el Emperador!» ante cualquier disparate que se les dijera.
No les quedaba más remedio que gritar «¡Viva el Emperador!» e ir a combatir, para conseguir comida y descanso como conquistadores en Moscú. Así pues, no fue debido a las órdenes de Napoleón que mataron a sus semejantes.
Y no fue Napoleón quien dirigió el curso de la batalla, pues ninguna de sus órdenes se ejecutó y durante la misma no supo lo que ocurría ante él.
De modo que la forma en que estas personas se mataban entre sí no fue decidida por la voluntad de Napoleón, sino que ocurrió independientemente de él, de acuerdo con la voluntad de los cientos de miles de personas que tomaron parte en la acción común.
A Napoleón tan solo le parecía que todo ocurría por su voluntad.
Y por eso la cuestión de si estaba o noconstipado no tiene mayor interés histórico que el catarro del más insignificante de los soldados de transporte.
Por otra parte, la afirmación hecha por varios escritores de