que recorrieron sus recuerdos, sonriendo con placer: no los tristes recuerdos de la vejez, sino unos poéticos y juveniles —aquellas impresiones del pasado más remoto en las que los sueños y la realidad se funden—, y rieron con un deleite silencioso.
Sónya, como siempre, no les seguía el paso del todo, a pesar de que compartían los mismos recuerdos.
Mucho de lo que recordaban se le había borrado de la memoria, y lo que recordaba no despertaba en ella el mismo sentimiento poético que experimentaban ellos. Simplemente disfrutaba del placer de ellos y trataba de sintonizar con él.
Solo participó de verdad cuando recordaron la primera llegada de Sónya. Les contó cuánto le había tenido miedo a Nikoláy porque llevaba una chaqueta con cordones y su niñera le había dicho que a ella también la coserían con cordones.
—Y recuerdo que