su debilidad, pero sentía confusamente que no podía superarla y que su anterior disposición de ánimo sombría, en torno a la venganza, el asesinato y el sacrificio propio, se había disipado como el polvo al entrar en contacto con el primer hombre que se había cruzado en su camino.
El capitán regresó a la habitación, cojeando levemente y tarareando una melodía.
El petardeo del francés, que antes había divertido a Pierre, ahora le repugnaba. La melodía que silbaba, su andar y el gesto con el que se retorcía el bigote, todo se le antojava ofensivo ahora.
«Me iré inmediatamente. No le diré una palabra más», pensó Pierre.
Pensó esto, pero seguía sentado en el mismo lugar. Un extraño sentimiento de debilidad lo ataba al sitio; deseaba levantarse e irse, pero no podía hacerlo.
El capitán, en cambio, parecía muy alegre. Dio